Huellas


Tus ojos cobres me marcaron en mi tierna y tormentosa infancia, la pasión, el amor que demostrabas por todo aquello que paracía moverte en la vida, escribieron sentencias sin fecha de prescripción en mi alma y en mi piel. Llegaste en medio del frío abrasador, con una risa que barrió mis oscuros miedos, pretenciones e intenciones. Iluminaste mi camino, colandote con la facilidad que solías hacerlo, en mi laberinto personal. Lanzando sin permiso un hilo de Ariadna que me convenciste de seguir ciegamente.

Creí en ti, me encontré en ti, aprendí contigo, comencé a crecer con ilusión y también acompañada de monstruos sin rostro. Apareciste ciertamente como un ángel, de esos en los que no creo, para levantarme del suelo y brindarme una esperanza tan necesaria como dolorosa. Me ofreciste tu mano, tu apoyo incondicional y también muchas promesas que sabías desde el principio, no podrías llegar a cumplir. Y aunque el desencanto de algunos prefacios me haya achicado el alma, debo agradecerte, y quiero decir eternamente, que hayas llegado y que hayas dado siempre lo mejor de ti.

En toda tu humanidad, en todo tu derecho, has cometido los errores que han inaugurado el descubrimiento de tu propia vida adulta, y el final de los cuentos de hadas. Yo también he crecido, yo también me he equivocado, también estoy en búsqueda de mi propio camino. Supongo que esta confesión quiere decir que el tiempo nos ha separado, que nos ha alejado de quienes soliamos ser, que los sueños se han vuelto hasta cierto punto pesadillas. Tal vez, existe tanto que reparar que ni siquiera puede comenzarse a llevar la cuenta. Incluso tú, corazón valiente, que parecías desafiar las reglas de la fragilidad has acabado sucumbiendo al dolor. Me gustaría que comprendieras que pese a ello, yo de alguna forma en todo mi sexto sentido, siempre lo supe, que esos momentos llegarían. Que algún día no podríamos sostenernos más bajo el alivio de falsas esperanzas. 

Así que considero necesario aclararte que, por ello, nunca fui demandante. Nunca quise que intentaras siquiera alcanzar alguna de mis insignificantes expectativas. Quise menos aún que te dedicaras a cumplir las expectativas de este mundo mezquino, que suele ser cruel con todos. He celebrado tu derecho a decidir, a ser, a errar, a enmendar y a proclamar. Por que te amo pura y sinceramente, solo espero que todo cuanto escojas te permita sentirte pleno, contento de existir, de estár aquí. Aunque suponga un rompimiento absoluto, el surgimiento de una vida en que ya no nos concibas juntos. Estaré, estaremos bien.

El tiempo es un ladrón cruel, querido amigo y puede que nunca nos devuelva nuestros pasados anhelos, nuestros nobles sentimientos, nuestras mejores cualidades. Es verdad, puede que nunca suceda. Pero, a pesar de eso, debo reconocer que cuál tótem, algunas experiencias, sentimientos y personas, se nos guardan en el alma, como si se tratara de magia. Nos observan a la distancia pero nunca dejarán de ser parte nuestra, de quienes fuimos, de quienes somos, incluso de quienes llegaremos a ser. Que no se pueden volver ceniza y que se mantienen para recordarnos que los pasos de plomo que nos ha tocado dar, no se han dado en vano. Y creo que tú también lo sabes, lo reconoces, lo comprendes...que siempre estaremos el uno para el otro. Que nos conservaremos aunque todas las paredes se derrumben y el cielo se caiga a pedazos.

Por eso querido compañero de travesía, que todo lo que llegue a ti, a tu vida, te permita crecer emocional, intelectual, profesional y personalmente. Que seas feliz, feliz como nadie, que te sea recompensada tu labor, tu dedicación ciega hacia el resto. Lo deseo como pocas cosas en el mundo, a pesar de lo poco que creo, de lo mucho que se han desgastado mis esperanzas. Se feliz.

Sinceras, y honestas gracias por todo lo que has hecho por mí. 

Te amaré por siempre, incondicionalmente.

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