Sobre la melancolía y las puestas de sol





En algún momento las puestas de sol se me antojaban escenas felices, cubiertas de esperanza. Y recuerdo que mis mejillas tiznadas de alegría se tostaban mientras bailaba sujeta a la barandilla de mi balcón. Frente a mí siempre se extendía la visión de un inmenso bosque lleno de pinos, donde el viento solía murmullar algunas canciones de cuna. Era tan feliz que ni lo sentía, tan inocente, que no lo sabía. Parece que aquellos momentos han consumido todo lo bueno y noble que pude llegar a ser.

Hoy, que mis formas infantiles se han perdido en un tiempo tormentoso, todo lo que queda de aquellas puestas de sol es una profunda nostalgia que no hace nada más que empujarme a la soledad. Hace largos años que no bailo sin miedo en un balcón. Lentamente los suaves movimientos se han convertido en pasos firmes, que abren la tierra bajo pasos hoscos y acelerados.

Y de repente, de un día a otro, en un cerrar y abrir de ojos, me he visto dirigiéndome hacia las oscuras profundidades de un precipicio que parece albergar en él, un océano donde reina de todo, excepto la calma.

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