Malas costumbres



Es un martes que está a punto de convertirse en miercoles. La luz del salón me reconforta y el viento hace que los cristales de la ventana suenen violentamente. Son las diez de la noche y tengo veintidós años. Esta escena se me antoja triste y reconfortante también. El tiempo ha pasado rápidamente, como siempre lo supliqué. Vayan dando por sentado también, que, aunque pasó, no ha escuchado ni una sola de todas mis plegarias.

Y hoy, que he vivido más de lo que en algún momento pensé que lo haría, me encuentro desarmada. Mis pies ya no son delicados y más de un anhelo se ha muerto o se ha suicidado con consciente y plena voluntad por el camino. Continuo tan perdida como siempre, con las manos tan vacías y con tan pocas certezas…que, en momentos como este, simplemente no sé que hacer. Me quedo pensando por largos ratos mientras los rayos de sol me tuestan las mejillas y los recuerdos me arden en el corazón; lo siento tanto, pero en ocasiones por más que lo intente, no puedo encontrar respuestas…

En esta oscuridad tan presente, tan recurrente y tan hosca…no hay palabras de aliento, no tengo el calor de un abrazo, no tengo nada…y tampoco hay nadie.

Vaya, es cierto, tengo veintidós, pero hay cosas que nunca cambian.

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