Caja de Pandora
Me gusta hablar muy
poco de mi misma, pero hoy, en este momento, supongo que debo realizar un
último esfuerzo. En aquel momento tenía apenas doce años recién cumplidos, pero
el mundo ya se me antojaba un lugar horrible. Ya comenzaba a respirar con
dificultad y las debacles emocionales eran cada vez más constantes. Por primera
vez, experimenté el abandono en la piel. Sentía un fuerte rechazo, me habían
traído a un lugar que me resultaba ajeno, lleno de rostros y palabras cínicas,
que provenían mayormente de aquellos que se hacen llamar “familia”.
Estaba harta de
actuar, de reclamar entre llantos un abrazo fraterno que apenas comenzaba a
serme negado. Y sucedió como suele suceder, las campanadas de la iglesia
anunciaban las seis de la tarde, y la casa, la inmensa casa se encontraba
desolada, como siempre. Supongo que habría tenido un par de peleas durante el
día, reivindicando mi derecho a ser tratada como un ser humano y no como una
puta cobaya obediente. Que se yo, en aquella época todavía creía que servía de
algo, ya saben, lo de gritar más alto que el agresor.
Como era de esperarse,
mi pequeño cuerpo comenzaba a ser intolerante a los insultos y reproches, pero
lo peor, lo peor eran esas malditas pesadillas que comenzaban a cobrar cada vez
más sentido. Así que cuando las campanadas se detuvieron y las cortinas verdes
comenzaban a danzar al vaivén del viento…cuando el silencio reinaba y solo se
escuchaba el ruido de mis lágrimas, decidí tomar las pequeñas tijeras de metal
que me observaban desde el aparador. Y lentamente, comencé a trazar las
palabras que no me salían, los reproches, el miedo, todas ellas sobre mi piel.
Que ardía, como me figuro que arden las llamas del mismísimo infierno.
Aquel 12 de septiembre
del año 2008 liberé los demonios que se encontraban dormidos en mi
inconsciente. No engañaré, jurando que aquello fue el verdadero inicio, todo
había comenzado antes, mucho antes.

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