Crónica de un desahucio



Mire señor, las paredes están gastadas y rotas, no importa cuanto las haya enlucido y repintado. No ha servido de nada, no puede darles de hachazos y luego actuar como si nada. Las grietas quedan, y cuando el tiempo pase, la pintura de repuesto se ira desgastando, mostrando las cicatrices eternas.

La cama esta deshecha, las almohadas no aguantan más reproches y las sabanas están rasgadas. Las lágrimas ya no tienen cabida en ese lecho, no importa cuanto se esmere, no importa cuánto cambie las sabanas o enluzca la madera. No hay forma alguna de juntar las piezas que ya están rotas. Échele fuego y mantenga la dignidad, que las llamas consuman esas noches de soledad, de tristeza y de pasión. Que el viento se lleve las cenizas, que no quede nada.

Arranque las cortinas del salón, están mohosas y llenas de polvo, deje que, entre el sol, que las motas se eleven al son de sus rayos. Quiebre todo, hasta los jarrones de porcelana, arranque el cable del teléfono y déjelo descolgado. Ya nadie llamara. Pudieron haberlo hecho antes, y como usted sabe, no todos se merecen segundas oportunidades.

Recorra las estancias con su maleta, tenga cuidado con los vidrios rotos, no permita que le atraviesen la piel. Las promesas a medias ya le hacen suficiente daño… ¿Para qué más? Y destiérrese, de esas cuatro paredes a las que usted llama patria, despéguese de esas fotos y cartas, péguele un tiro entre las cejas al pasado y adiós temores.


Cierre la puerta con todos los picaportes, y mire, mire como, mientras camina carretera arriba la estancia lentamente se derriba.   

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