Hasta nunca Peter Pan




Mis pasos esta tarde son de plomo, sé que mi tez luce demacrada y que la fragilidad de mi alma se refleja sin compasión alguna en mi pequeño cuerpo. El peso que hoy recae sobre mis hombros, no es una carga precisamente visible ante la mirada de los necios. Mi mayor tragedia me dirige conscientemente hacia el único lugar dentro de esta robusta jaula, en el que se puede respirar.

Debo reconocerlo, los rostros, el tránsito, las campanadas de la iglesia que anuncian las seis de la tarde, la vida, la realidad, les soy tremendamente indiferente.  Diviso la arena muerta, mi alma de hielo se resquebraja y se reconforta. El cielo se tiñe de sangre, las olas besan la orilla de arena muerta, el viento sopla fuertemente. Trae susurros que conozco perfectamente, silencio, dolor y muerte. 

Sonrío resignada, el alma me pesa tanto, estando tan irónicamente vacía, no tengo ganas de luchar. No quiero seguir buscando respuestas a preguntas que han dejado de importar. Lentamente me dirijo hacia la orilla, el agua me llega hasta los tobillos, un suave escalofrío recorre todo mi ser. Los pájaros alzan el vuelo, un rayo de sol se cuela entre mis pupilas, y entonces la veo. Sus ojos alegres, su risa sincera, sus diminutos pies que dejan huellas grabadas a fuego.

La pequeña niña me observa expectante, está completamente sola, pero no siente miedo. Los monstruos que surgen en la oscuridad no la asustan, la soledad no es enemiga recurrente. El corazón me da un vuelco, su rostro me resulta tan extrañamente familiar. Se sienta cómodamente bajo una palma de coco, dibuja sobre la arena. Acudo a su silencioso llamado. Me cuenta pacientemente de sus anhelos y sueños, me señala constantemente el cielo, la segunda estrella en el firmamento y recto hacia el amanecer.

El crepúsculo se cierne lentamente sobre nuestras cabezas, una aguda punzada me oprime el pecho. Ambas sabemos que sucederá cuando le toque partir, me aferro a su pequeña mano, ella es realmente todo lo que me queda después de haberlo perdido todo. Un nudo de alambres en la garganta tengo.

La luz de la luna se refleja en su rostro sereno. El viento sopla fuertemente en nuestra dirección, la arena se levanta a nuestro alrededor. Pequeñas estelas de luz descienden desde el cielo, ella suavemente se deshace de mi agarre. Sonríe cálidamente, mi rostro congestionado, las lágrimas que brotan sin parar, lo entiende, indudablemente, sé que lo entiende. Sus pequeños brazos me rodean, es su último regalo de consuelo. No importa que tan fuerte me aferre, que tan agudos sean mis gritos ahogados, en la vida hay sucesos inminentes.

 En el oscuro firmamento una luz se eleva, brilla más que todas las estrellas juntas del universo. El sol se ha ocultado por completo, la brisa nocturna se lleva mis inútiles plegarias.  Sé que ha llegado el momento, deslizo el lirio sobre su puesto, seco mis lágrimas, las últimas que me he permitido derramar. Me levanto, el viento se ha tornado gélido, la playa ha perdido su magia. Mis pasos aceleran, monstruos y tormentos aún me acechan.


 Vuelvo mi vista hacia atrás antes de marchar, un largo y profundo suspiro hace catarsis en mi alma.

 “Hasta nunca Peter Pan”. 

Comentarios

Entradas populares