Entre el odio y el amor


La luz del sol es cálida, ilumina todos los rincones plagados de oscuridad, el frío y el hielo desvanece sin más. No obstante, la luz del sol es también cegadora, implacable, capaz de volver ceniza y muerte todo aquello que decida atacar con cruel fiereza. 
Y es así cómo puedo realmente describirte, pues en tus ojos he hallado tanta paz y tanto amor, como el más certero odio, el más profundo rechazo.
Tu sonrisa me dió la vida cuando la creía perdida, y tu cruel despedida me hizo desear la muerte durante cada noche, me hizo maldecir cada nuevo amanecer.
Tu llegaste a darle sentido a una vida plagada de incongruencias y caminos cruzados, pero, ciertamente, también llegaste para empujarme sin recelo o remordimiento alguno en el mar de la desesperación, mar que de por sí, mi ya destructivo subconsciente se había encargado de sembrar de agonía.
Te he amado con la misma fuerza e intensidad con la que te he odiado, te he alabado y maldecido en la misma frase mal hecha, has sido mi mayor bendición y también la más cruel condena.
En tus brazos el hielo que enfría mis esperanzas y sueños se ha derretido sin mi consentimiento, mis mayores miedos y maldiciones se han deshecho mil veces entre tus sábanas, no obstante las profundas huellas que dejaste en su día al recorrer mi piel, también me hicieron deshacerme en lágrimas de impotencia, tus extrañas conveniencias me hicieron desear ser una muñeca fría, sin expresión o sentimiento alguno, me convencieron de lo poco que convengo, de lo fácil que es vivir sin lazos emocionales, de lo frágiles que son las promesas, de la conveniencia de la indiferencia.
Es aveces aterrador, sentir que una sola persona, que un simple ser humano, pueda tener tal trascendencia en mi vida, que ese mismo ser humano haya siempre sido el más grande objeto de mis deseos, y la más grande desdicha de mi olvido voluble y fallido.
Desde que vivo, desde que soy, realmente has sido todo para mí. Y es certero, te he odiado únicamente por el hecho de ser incapaz de no amarte, te he amado porque a pesar de conocer cuando retorcidos son mis temores, cuán volubles mis reproches y cuán solitaria mi alma, me has aceptado.

Es controversial e incongruente, pero ni todo el daño que en su día me infringiste, ni todo aquello que no se puede entender o descifrar, pueden apagar todo el amor que de algún modo hiciste nacer en un alma fría y casi apática. 

Te amo, y sé que está certeza me acompañara tras años, tras incongruencias, tras despedidas. Se amor, que si nuestros caminos se separan mi alma, jamás se encontrará en la de otro.

Cuán dulce y terrible condena.

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