Torpeza
Hace 11 años, en el
mismo cielo me encontré con el reflejo de las verdades innegables; entre ellas
la más relevante; nada es para siempre.
Debo confesar que me
caí torpe del columpio y que las piedras en mis rodillas se mezclaron con sangre.
Es verdad también que me costó mucho levantarme y caminar. Aunque, debo
recalcar en mi intento de ser aún más sincera, que esa herida, al menos esa, no
tuvo demasiado que ver.
He perdido de vista el
camino de vuelta a casa; los árboles de higos seguramente se han secado, las
orugas han dejado de caer de los árboles, las carcajadas de mis amigos se han
extraviado en la cadena de una bicicleta oxidada y yo me he olvidado de soñar.
Cuando las mañanas son
tibias y los rostros desconocidos amables, suelo sentirme muy lejos de ese
lugar. En tardes oscuras como estas, sin embargo, en las que el sol me besa a
traición, me es imposible.
El polvo se filtra en
mis pupilas y me siento tan desorientada y desprotegida como entonces. Siento
que de la infancia solo arrastro el temor al abandono; a la partida, a lo
efímero, y que toda mi valentía, mi arrogancia y mi mal carácter se cobijan
bajo la piel suplicándome treguas.
Y entonces; ahora. Mis
límites se bifurcan y los caminos comienzan a descartarse uno a uno. Y en el
fondo, en medio de tanta desolación, debo gritarlo con rabia... ¡Solo me quedan ganas de apretar
el gatillo!

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