Autoretrato
El viento
sopla amable, mis hombros agradecen la caricia del sol, la calma reina mientras
camino hacia la terraza de baldosas amarillas. La casa por la cual se deslizan
mis pasos luce reconfortante, la sal y el jazmín trepan por los poros de mi
piel y bailan entre mis cabellos. La puerta de madera cede, sin que tenga que
insistir, el tacto áspero de mi cuaderno de bosquejos se desliza entre mis
dedos, mientras una gota de sudor resbala por el lápiz de carboncillo.
La
muchacha me mira, sus ojos almendrados resaltan frente al halo de luz verde
agua que la contiene. Continúan siendo claros y hermosos como antaño, aunque
lucen opacos me convencen de iniciar los trazos afinando las formas infantiles
y redondas que antes los caracterizaban. Ni siquiera intentará convencerme,
está harta de mentir. Hace tiempo que lo sé, que su brillo ha perecido como
perecieron las estrellas que había nombrado y que una noche de invierno, sin
previo aviso, como la vida misma, dejó de regar en su jardín.
El color
naranja de sus mejillas no ha vuelto a florecer, ha perdido el amparo de la
magia de las noches de verano. La luz que se arrullaba contenta en su tez
tigreña se ha secado, se ha vuelto pálida, está cansada, se ha perdido en el
camino tantas veces como lo indican sus cicatrices. La tonalidad gris del
carboncillo lo anuncia con destreza; su llegada a la adultez.
Y sin
embargo, en su cara redonda y de cachetes abundantes la observo atrapada, a la
niña que se esconde en su semblante, se nota cuando sonríe, tan triste…no hay
duda, la sigue extrañando. Mientras moldeo sus rizadas pestañas me parece
escuchar su risa lejana, su carácter fuerte y su belleza malcarada. Ella, que
me mira impasible no sabe abrirse, no puede confiar.
Su
intransigencia ha comenzado a erguirse recta y fluida, ahogando las ondas de su
cabello castaño claro, que ahora es tan negro como la caoba y tan denso como
las sombras que tapan las puestas de sol en su corazón. Mis dedos se pasean en
círculos sobre el papel mientras coloreo su traje de vestir…
Y sonrío
con consciente nostalgia, la mujer que se ha sentado frente a mi hoy día para
que logre retratarla se ha vestido con una camiseta verde oliva, donde el
rostro gracioso de una jirafa se estampa haciendo conjunto con una falda jean y
unas zapatillas de plataforma de espuma flex.
Como la última vez que nos encontramos en
nuestras palabras amables; ella tenía nueve años y yo, yo tenía 23…

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