San Valentín



Las gotas de lluvia se deslizan por la ventana de la cocina y el reloj marca las diez. Llegas y dejas la chaqueta empapada en la silla, tus ojos marrones se asoman curiosos, te acercas rozando mis labios y se te escapa una suave risa. Llevas un ramo de rosas amarillas en la mano izquierda, no les has quitado las espinas.
Y nos sentamos frente a frente, hablas de tu pesada jornada, de lo mucho que odias a tu jefe, de las ganas que tienes de tirar la toalla y comenzar de nuevo. La botella de vino se está acabando y las cicatrices que cubren todo mi cuerpo aparecen.
Tus ojos se vuelven fuego, y las espinas me atraviesan la piel, el cristal de la botella estalla en mil pedazos. Los bombones y las dulces palabras se tornan amargas, tus manos me marcan la piel. “Tu tan mío, yo también”, menuda gilipollez.
Me miras arrepentido, tienes todas las palabras atragantadas en la garganta, mientras me apuntas con un revolver calibre cuarenta y tres. Las ventanas se abren de par en par, golpeando las paredes sin cesar. Y tu bala me revienta el pecho, pero no deja de doler, porque no hay final.
Tengo los ojos en blanco, abiertos de par en par, veo parpadear el foco que cuelga del techo. Y me agarras de las piernas deslizándome hasta llegar al sótano, donde todo es oscuridad.
“Feliz día de San Valentín amor, hasta el próximo catorce de febrero a las diez.”

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