Leah, microrelato




Son las 11 y 15 de la noche, los cristales de la cafetería de la estación están empañados, acabo de perder el tren, fumo para reducir el enojo y el estrés. La campanita repica sobre el marco y la puerta se abre. Entra, y me quedo anonadado, se sienta frente a mí.
Está enfundada en una chaqueta de cuero, tiene cabellos violetas, ojos azules y piel pálida. Es jodidamente preciosa, tanto que a mis cuarenta y cinco años me siento incapaz de articular palabra.
Pide un café y me cuenta de todo, que tiene veinticuatro años, que estudia danza, que quiere ser actriz. Que está esperando el tren de las tres, que la llevará rumbo a París.
Pagamos la cuenta y me invita a caminar, a dar un paseo, menuda idea, estamos a cinco bajo cero. Me toma de la mano y un escalofrío recorre mi cuerpo, “amor a primera vista”, menudo desacierto.
Nuestros pasos se pierden por el puente peatonal, que está desierto. Sus labios rozan los míos y me erizan la piel, huele a lavanda.
Un ruido ensordecedor la detiene, es el claxon del dichoso tren de las tres, se aleja lentamente sonriéndome. “Me llamo Leah, el próximo catorce de febrero, nos volveremos a ver” pronuncia por última vez. La muchacha ha saltado al vacío, a las vías del tren.
Hoy es catorce de febrero otra vez, he comprado un ramo de cien rosas rojas, la estación de Francia guarda el olor a lavanda de una misteriosa mujer.

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