Maldición literaria: Hasta siempre amigo mío






Querido amigo,

Hoy, en esta tarde gris he decidido despedirme finalmente de usted. He divagado al respecto, qué duda cabe. No es usted un hombre al que se le puedan dedicar pocas palabras. Sepa usted que pese a su naturaleza, pese a las entrañas que al nacer conjuraron maldiciones sobre todo cuanto usted fuere capaz de amar y atesorar, sigue siendo un personaje indescifrable, admirable.

Concurría yo, mis casuales y necesarias contradicciones de muchacha ingenua. Caminaba ya por los caminos que conducían a una adultez a la que siempre he rehuido, cuando topé por mera casualidad con su ingenio. Con su ingenio, plagado de sombras, con su brillante talento, con un destino escrito a sangre y fuego sobre el que pesaba una funesta maldición.
Testimonios aseguran que es usted una criatura oscura, que es fiel reflejo de sus monstruos imaginarios. Que su peor pesadilla no es nadie más que su alter ego reprochando a su manera, sus arranques de parsimonia y cobardía.

Cabe recalcar que coincido con ellos, pienso que es usted un pobre desgraciado asediado por la mala suerte. Un prófugo al que la historia impasible le da caza sin compasión alguna. Pienso por partida doble, sin embargo, que es usted uno de esos infelices que tanta falta le hacen al mundo. De esos que brillan por un talento innato. Que el precio que les ha cobrado el arte acontece casi a la totalidad de su alma. En su caso, particularmente, no es excepción.

Miles de noches he rondado por las calles de esta oscura y gótica ciudad que apesta a pasado. Es un hecho que este no puede ser comprado, ingenuos los gusanos. He recorrido esta mansión de desvaríos, de fantasmas recelosos que aguardan en cada esquina.  He recorrido con melancolía los últimos trazos negros sobre el papel inmaculado.
Muero un poco cada vez que pienso en su desgracia, en su incongruente camino. Sentada en la butaca evoco su sonrisa efímera, evoco tiempos mejores, tiempos en que las almas no se ofertaban por voluntad propia en cinco céntimos.

Tras el cristal de esta abandonada mansión, observo el castillo que fuere su condena, su tumba. Rezo, pese a mi agnosticismo innato, ruego, que su alma, al igual que la de tantos inocentes haya sabido escapar de aquella celda apestosa, que no continúe vagando usted tras los oxidados barrotes, ni usted ni nadie.
Amigo mío, hoy como cada noche me he sumergido en este vago sueño con la necesidad de reencontrarle. Con la esperanza de verle renacer de las cenizas. He anhelado, juro no le miento, que la cordura que las condiciones le arrebataron vuelva a usted a modo de justicia divina. 

Por desgracia o por consuelo, he sabido finalmente, por los murmullos ruidosos de la atronadora tormenta. Que no se halla usted ya en este mundo que tan ingratamente le ha pagado. Y aunque algunas lágrimas se han amontonado en mi garganta, he suspirado tranquila.
Es usted amigo, el mayor genio de el que he tenido constancia. Espero, aunque tengo poca fe en ello, que exista algo más allá de la certera muerte. Al Menos para usted, que es de entre todos los personajes, quien más se lo merece.


Hasta nunca.

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