Ave enjaulada
Pienso, y no creo en absoluto equivocarme, que sus ojos
opacos lucen más muertos que de costumbre. Su sonrisa torcida ha dejado de
saber a sarcasmo y a ironía. El ave se ha resignado por completo.
Conserva en efecto un aleteo
parecido a un reflejo en sus alas rotas. Pero se ha rendido a lo inminente: a
la soledad como condena.
Sabe que nadie puede amarla, sabe que aunque ella en inútil afán
lo intentara, el resultado seguiría siendo desastroso.
El ave guarda en su mirada cruel, sus ansias de querer. Una
profunda cicatriz recorre su costado izquierdo. El pasado es un cazador hábil.
Cual araña negra ha extendido su manto turbulento de sombras y remordimientos.
Nunca ha sido libre. Nació bajo una constelación maldita,
sin el amparo de los dioses. En un mundo de rabia, de fuego y metal. El ave de
haberlo sabido en el limbo hubiera sido incapaz de permitir que le conjuraran
tal destino.
El ave se ha rendido, se ha hecho
a las rejas de cristal. El sol ha cegado por completo el candor de su mirada,
el hielo que recubre la jaula ha borrado el calor de las únicas manos que han
sabido acariciarla con cariño.
El ave ha sabido siempre que no
hay nada peor que la esperanza en un mundo de obtusos insensatos.
Le han quebrado la inocencia, a ella que nació presa. A
todos los ángeles que la guerra ha degradado a la condición de aves miserables.

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