Odio y pasión



Y la entraña se retorcía profundamente sin miramientos ni pudores. Que extraño es el amor, engendra la pasión y el odio al mismo suspiro de alivio. Gemelos de nacimiento, radicalmente diferentes. La pasión pasea alegremente por los campos de lirios, embelesada por el limpio cielo azul. El odio más recatado y desconfiado permanece quieto, inmutable siempre alerta. Ya le han dicho, ya, que aquello que lleva, poco tiene de vida.  Contempla noche a noche las esperanzas consumidas, las ánimas arrepentidas que se enfilan tenuemente en la superficie de la luna. Pasión cae rendida, odio puede medir que tan cansado ha sido su día por el rubor de sus tiernas mejillas. Amor, madre cariñosa, les da un beso a  ambos y antes de salir, los mira embelesada, enternecida. Si bien los ama, como solo sabe hacer por inherente naturaleza, no sabe cuan cruel madre ha sido. Odio se irrita debido a pasión, la empuja para acallar sus chillones e insoportables gritos. Pasión le regala flores blancas, inmaculadas, puras, acto seguido le otorga una gran sonrisa. Odio, lo detesta, pero dentro, dentro arden llamas, fogosas llamas, arde puro deseo. El sonido de la cascada toca una marcha fúnebre, inaudible, imperceptible. Los hermanos se pasean ausentes por el profundo bosque, las mariposas cuchichean entre sí, las ardillas siendo como son, compasivas niegan simultáneamente entristecidas. Que poco futuro en virtud, cuando está  vetada, prohibida. Odio se detiene, hermosas rosas rojas se extienden a sus pies, como no tiene experiencia, agarra una torpemente. Las afiladas espinas le atraviesan sin cortesía la piel. Pasión niega, suspira resignada, retira la espina. Sus labios sanan con un beso la herida. Odio se ruboriza, pasión lo mira desinhibida, y ocurre. El pecado se consagra, es mejor que los silencios sigan escondiendo escabrosas confesiones, necios de ellos. Amor estalla, un grito horrorizado pega al cielo, sus hijos yacen hechos cenizas sobre el campo de rosas. Gemelos de nacimiento, tan radicalmente diferentes. Y renacen, mueren, renacen, de la misma madre, obedeciendo las mimas absurdas normas del juego.

Y la entraña se retuerce, profundamente sin miramientos ni pudores. Cada vez que te veo pasión y odio renacen, mueren, renacen. El amor además de extraño es ingenuamente cruel, ha maldecido a sus hijos, ganado como castigo absoluto el don de la inmortalidad.

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