Sobre el 2019 y otras generalidades



Escribo a 23 días de haber comenzado el año 2019. Anunciado que mi ausencia de meses, y la poca actividad del blog se ha debido principalmente a que me encontraba lidiando con algunas que otras aspiraciones y las cuestiones emocionales, que como siempre, en mí, derivan. En este preciso momento además me encuentro en un lugar antiguo y siniestro. Pero plagado de libros, de una extensa colección de libros que tendré a mi alcance durante los próximos cuatro meses y eso, ya compensa bastante.
En estos precisos momentos me encuentro en Canadá, específicamente en PEI (Prince Edward Island), en un programa de intercambio en el cual resulté becada. La llegada a este lugar, por todo lo que implica ha estado cargada de retos y dificultades. Todo se resume en qué; acabé logrando algo por lo que había estado peleando diez años. Y esa extensa e injusta pelea es la parte más soft de este momento en mi vida. Que difícil resulta adaptarse a la bueno por conocer, cuando todo lo conocido ha sido tan malo. Es evidente que estoy saliendo de mi zona de confort. De mi zona de lamentos, sufrimiento y lastres del pasado. Claro que temía dar este paso, claro que esta siendo difícil. Pero, en mi particular masoquismo, si tuviera que elegir entre arriesgarme o no, lo harían cien veces más sin dudarlo.

Apenas llevo aquí 23 días, pero ya tengo hermosas anécdotas, de esas que te hacen desear no haber sido el espermatozoide ganador. Viajé el 31 de diciembre, lo que implica que recibí el 2019 en el avión. Específicamente sobrevolando la ciudad de Bogotá. Si alguien piensa que estaba emocionada, se equivocan. Mi viaje duró un total de 18 horas (en teoría, porque luego fueron más) y para entonces ya llevaba 7 de ellas. Escuche la felicitación por parte de la tripulación mientras mi cuello se doblaba sobre la ventana del avión. La llegada a Toronto me jugó una mala pasada; pensé que el asunto del clima no estaría tan mal. Y esperé paciente (esta vez con el cuello doblado sobre la silla de la sala de espera) a que se hicieran las 7 de la mañana para abordar el avión a Halifax.
 Debí presentir que las cosas no irían bien desde que el vuelo fue retrasado una hora. Debí saber que las cosas se iban a poner peores, cuando en Halifax me cancelaron el vuelo de conexión a Charlottetown. Y debí haber asumido que la semana que me esperaba iba a ser un infierno cuando no me dieron mi maleta, por que no había venido en el avión que tomé de Toronto a Halifax. Totalmente foreveralone, con el viaje cancelado y sin maleta. La aerolínea se digno a enviarnos en un taxi hasta Charlottetown, el clima ese día estaba bello. Viento, nieve, básicamente tormenta. Por lo que mi viaje de 18 horas, acabó siendo de 26. Cuando llegué a Charlottetown continuaba nevando y mi maleta que había prometido ser enviada aun no había llegado. El taxista me estafó con $4 dólares y espero que la vida se lo cobre, estaré más que complacida con el karma si se choca el dedo chiquito del pie contra punta de la cama. Debo remarcar, sin embargo, que junto a mí viajó una señora muy amable que se encargó de dejarme en la universidad para no dejarme sola con el taxista, que me dio queso, y además me dejó su número de teléfono por si cualquier eventualidad se presentaba. Va a tener un espacio en mi kokoro por siempre.

Para resumir; la maleta no me llegó en toda la semana, así que tuve que arreglármelas para subsistir. Sin ropa, en un clima que llega aveces a rozar los -20°C. A este infierno de llegada, se suman otras inigualables experiencias como: Haberse dejado la llave de la residencia (que sirve para dormir, comer y movilizarse) en la habitación y haberla perdido definitivamente. Quedar atrapada en una tormenta de nieve con vientos de 40Km/h… Cuestiones que solo reafirman mi socorrida teoría de que debí lapidar a alguien en Babilonia o haberle quitado el flotador a alguien en el hundimiento del Titánic.

Está claro que, con mi evidente neurosis, todas estas situaciones iban a comenzar a hacerme mella soon or later. Y aquí estamos, remándola como de costumbre. Debo recalcar que estoy aprendiendo bastante, acoplándome a mi propio ritmo y descubriendo cosas que me están inyectando cierta tranquilidad. Entre estas; los días de nieve leve, donde el fenómeno es una belleza y no una proyección de los círculos del infierno de Dante. La biblioteca de la universidad, que tiene una colección entera de filosofía occidental, oriental, tradicional y contemporánea. La librería que queda enfrente de la universidad donde hay colecciones de mangas en ediciones tan bellas que me han enamorado más de lo que cualquier otro ser humano logrará enamorarme en toda mi vida. El descubrimiento de la tienda de todo a un dólar que queda al cruzar la calle y como no, la cerveza de miel. Que es con diferencia lo más delicioso que he probado desde que llegué.

Yo sé y he asumido que he venido aquí para crecer y trabajar en mis otras metas a futuro. Este país además es simbólico en mi sistema de creencias y ñoñerías. Así que a pesar de todo el esfuerzo emocional que esto me está costando, debo confesar que me siento feliz de estar a solo dos horas de Toronto en Avión y por lo tanto muy cerca de Ontario, London, Stratford y por supuesto de las escaleras del teatro Avon.

A lo largo de este intercambio seguiré reportándome y notificando mis experiencias, avances, al igual que mis tormentos emocionales. Les dejo con imágenes bellas, de esas que casi hacen creer que estar casi todos los días a -13°C vale la pena.
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