Metamorfosis
La recuerdo alegre, malcarada, sonriente. Tal y como una
inusual brisa de verano en medio del gélido invierno. Tenía en el alma una
convicción que el mundo aún no había sido capaz de profanar. Rezaban en
silencio los dioses que su llama no se extinguiera en medio de la tormenta. Que
por supuesto, no tardaría en llegar.
Las predicciones no se hicieron de esperar, la primera gota
de agua que desató el infierno llegó una oscura noche de Febrero. Su destino,
había sido sin duda, conjurado. Cuando un rayo refulgió tras los cristales, la
pequeña pudo, aterrorizada observarlos.
Los cientos de
demonios que su subconsciente mantenía bajo llave habían sido liberados.
Sonreían irónicos, los dados del destino yacían en el tablero de juego.
Su sonrisa pulcra estalló en mil pedazos, la crudeza de su
mirada anunciaba el vacío. Un pozo de lamentos se adentraba en su alma. Los
dioses en silencio la compadecían, derramando lágrimas que ella nunca más
podría.
Su cobertura de porcelana se
extinguió con el paso de milenios. La mansión embrujada que albergaba a sus
peores enemigos fue acorazada, bajo llave, bajo cadenas de hormigón. La batalla
siempre fue ardua, tan ardua como injusta.
La sombría complacencia que
reluce en el rostro de aquella mujer, que de niña conserva poco, esta
brutalmente marcada por raíces oscuras.
No reniega, no les huye, son vestigio, cicatriz y prueba de que ha
vencido.
Pese a la sordidez de la tormenta, pese a la oscuridad
reinante, pese al claustro que conjuró en venganza su mezquino subconsciente,
pese a la profundidad del desolado pozo…
Ha vencido. Y ese, es un mérito que ni mil dioses cobardes, pueden
arrebatarle.

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