La verdad es que somos demasiado jóvenes  para todo.
Para elegir quienes queremos ser, que somos, a donde vamos.
Que queremos  a quien queremos.
Que seremos, adonde llegaremos.
Y es que, aún tenemos más de viva y media por sentir, por vivir.
Y lo confieso, desearía quedarme así para siempre, en la ignorancia y la experiencia de lo no vivido
de lo seguro, de lo inestable, de las locuras, de lo ilógico.
No quiero encajar en el mundo, acabo de darme cuenta.
No quiero ser como todos, o por lo menos no acabar como todos.
Solo quiero vivir el momento, el que vivo en sus brazos, cuándo no me doy vergüenza alguna y me desconozco.
Cuándo leo eufórica retazos de vidas ajenas en mis libros favoritos.
Cuándo contemplo las estrellas y pienso infantilmente en quienes representan.
Cuándo los problemas abandonan mi cuerpo que se mece con el son de las notas explosivas, y mi mente junto con mis sentidos más que estar perdidos emprenden un viaje piloto.
Cuándo mis mejillas se sonrojan al sentir la sangre en mi cuerpo hervir por el esfuerzo del trote.
En las locuras y lo ilógico del amor que le tengo.
En mis tardes con olor a recuerdos.
En los sueños con sabor a fantasías irrealizables.
Con los dibujos extinguiendo mis pesadillas, bajo la mano.
En donde puedo ser feliz, de la manera más sencilla de todas.
Imaginandolo.
Querer que el tiempo pase, es una gilipollez.

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